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miércoles, agosto 10, 2022
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Fouché, el falso camaleón de la Revolución Francesa

Antonio Fernández Luzón

Segunda Parte

En las listas negras

En París, Robespierre comenzó su obsesiva campaña contra la descristianización, cuyo campeón es el ateísta Fouché. Sin embargo, este ordena que cesen las ejecuciones a cañonazos, prohíbe los arrestos por delitos del pasado y decreta una amnistía.

Llamado a París, sabe que está “inscrito en las tablas de Robespierre en la columna de los muertos”. Cuando se entrevistan, Robespierre se encoleriza porque su interlocutor no comulga con el culto al Ser Supremo del “Incorruptible”. Hébert, Danton y Desmoulins han sido guillotinados, y Fouché corre el mismo peligro.

Con el mismo frenesí con que se puso al servicio del Terror, Fouché despliega todo su instinto de supervivencia. Intriga, conspira y logra el apoyo de Barras y otros líderes jacobinos. Arquitecto del complot del 9 Thermidor (24 de julio de 1794), en medio de la anarquía general que sucede a la caída de Robespierre, Fouché cree encontrar en Babeuf al hombre capaz de imprimir un sesgo socialista a la revolución.

Durante los seis primeros meses de 1795, Fouché es objeto de ataques incesantes por apoyar a Babeuf y por su actuación en Lyon. Se pide su arresto. Él alega que durante sus misiones en provincias “ordenó las medidas severas que las circunstancias y los decretos de la Convención exigían”. Logra no ser detenido gracias a Barras, pero ha caído en desgracia y desaparece de la escena política.

Es nombrado embajador del Directorio en Milán, capital de la república cisalpina, desde donde debía crecer la revolución por Italia

En la más absoluta miseria, implora a Barras un empleo. Es nombrado agente del gobierno en una circunscripción militar. Vivirá en Toulouse. Luego consigue trasladarse a Montmorency, donde crea una pequeña empresa de hilatura de lino.

Vuelta al escenario

En 1797 empezó a transmitir a Barras informes policiales sobre todos los partidos que el Directorio tenía interés en conocer y vigilar. Creó con dos socios una compañía de suministro de víveres. La venta de su participación le proporcionaría un beneficio considerable. Estaba decidido a no aceptar ninguna misión que no le situase de nuevo en la primera línea política.

A finales del año siguiente fue nombrado embajador del Directorio en Milán, capital de la joven república cisalpina, desde donde había de propagarse la revolución por Italia. La situación allí es convulsa y los franceses dan un golpe de Estado. Fouché simpatiza con el general al mando. Ambos rechazan ejecutar los decretos más radicales del Directorio, y el diplomático es obligado a regresar a Francia en enero de 1799.

En París, donde la situación política es muy volátil, Barras impone a Talleyrand, ministro de Relaciones Exteriores, el nombramiento de Fouché como embajador plenipotenciario en la República Bátava (Holanda). En pocos días obtiene un éxito sin precedentes. Promete al hombre fuerte del país defender su territorio de la amenaza del enemigo común inglés, y consigue que el Directorio bátavo someta sus tropas regulares a un mando francés. Fouché deja Holanda con la aureola de diplomático hábil.

Creador de la policía moderna

El Directorio había creado un Ministerio de la Policía General en 1796, pero se había demostrado incapaz de restablecer el orden en el territorio nacional. Fouché ambiciona el puesto. Barras y Talleyrand le apoyan. Convencen a Sièyes y a otros miembros del Directorio de que solo un jacobino tan enérgico como Fouché puede enfrentarse a sus correligionarios, cada vez más audaces y violentos.

Nombrado ministro de la Policía, Fouché llega a París en julio de 1799. Ocupará dicho cargo, con algunas interrupciones, a lo largo del Directorio, el Consulado y el Imperio hasta la Restauración de Luis XVIII en 1815. Su despacho, donde trabaja diez horas al día, permanece abierto a todos. Quienes esperan encontrar a un ogro, salen convencidos de haber negociado con una paloma.

Pero el Directorio no logra asentar su autoridad y los complots se multiplican. En octubre regresa sorpresivamente a París el general Bonaparte, comandante del ejército de Egipto. Después del 18 Brumario, Bonaparte, ahora primer cónsul, confirma a Fouché en sus funciones como ministro de la Policía.

Mientras Bonaparte da pruebas de su genio militar, Fouché aborta varias conjuras. Napoleón premiará sus servicios otorgándole el título de duque de Otrante en 1809. El duque mantiene la seguridad y el orden, colabora con las potencias amigas y vigila a los gobiernos enemigos, doblando al Ministerio de Relaciones Exteriores.

Junto con Talleryand, es el único hombre de Estado entre meros ejecutores de la política napoleónica. Sueña con equilibrar las facciones contrarias y desempeña un papel moderador, reconocido por un emperador demasiado impulsivo.

Contra el techo de cristal

En marzo de 1815, Fouché se postula como ministro de Relaciones Exteriores. Pero Napoleón le obliga a encargarse de nuevo de la policía. La opinión pública acoge favorablemente su retorno, ya que representa una garantía liberal para frenar el “despotismo” imperial.

Fouché aconseja al emperador que proclame la República y se conforme con el cargo de generalísimo

Con su franqueza habitual, Fouché aconseja al emperador que proclame la República y se conforme con el cargo de generalísimo. Más adelante le propondrá retirarse a Estados Unidos. Pese a no ser responsable de la diplomacia, actúa como tal y envía emisarios a Inglaterra y Viena para negociar la paz. Napoleón querrá fusilarlo, pero Fouché consigue salvarse hasta la derrota de Waterloo.

Tras la caída de Napoleón, Fouché negocia con las potencias aliadas y ejerce las funciones de jefe del Estado. Contribuye al retorno de la monarquía y Luis XVIII lo mantiene al frente de la Policía. Suplica al rey que promulgue una amnistía general y comete un grave error al intentar que el Borbón acepte el liberalismo. Los realistas que le habían apoyado le abandonan. Fouché vuelve a temer por su vida.

Pese a que el sistema electoral está cuidadosamente estudiado para constituir un Parlamento realista, logra ser elegido diputado por París. Sin embargo, se verá relegado a la embajada francesa de Sajonia por la presión de los monárquicos más reaccionarios. En 1816 es destituido por la ley que proscribe a los regicidas y se refugia en el Imperio austríaco. Durante un tiempo reside en Linz y posteriormente en Trieste, donde fallece en 1820.

Fouché dejó bienes por valor de 14 millones de francos, un capital colosal para la época. Acusado de traidor y camaleón político por los bonapartistas y biógrafos como Stefan Zweig, en realidad Fouché se distinguió por su pragmatismo y moderación tras la tormenta revolucionaria.

Este artículo se publicó en el número 620 de la revista Historia y Vida

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